La historia del hilo rojo. Miércoles.

            


              No me funciona el hilo rojo que
abre los paquetes de galletas y
me va a funcionar el que
conecta con otra persona. 
😀😀😀😀😀😀


La historia del hilo rojo





Los japoneses tienen la creencia de que las personas 
predestinadas a conocerse se encuentran unidas 
por un hilo rojo atado al dedo meñique.


Esta leyenda surge cuando se descubre que la arteria ulnar 
conecta el corazón con el dedo meñique.

Al estar unidos por esa arteria se comenzó a decir que 
los hilos rojos del destino unían los meñiques con los corazones; 
es decir, simbolizaban el interés compartido y 
la unión de los sentimientos.

Por eso también el hecho de hacer promesas en algunos países 
al entrelazar estos dedos con el otro.


La historia en sí cuenta que entre dos o más personas 
que están destinadas a tener un lazo afectivo existe 
un «hilo rojo», que viene con ellas desde su nacimiento.

El hilo existe independientemente del momento de sus vidas 
en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse 
en ningún caso, aunque a veces pueda estar más o menos tenso, 
pero es, siempre, una muestra del vínculo que existe entre ellas.


Una historia, una leyenda

Una de las leyendas sobre este hilo rojo cuenta que un anciano 
que vive en la luna, sale cada noche y busca entre las almas 
aquellas que están predestinadas a unirse en la tierra, 
y cuando las encuentra las ata con un hilo rojo para que no se pierdan.

Pero la leyenda más popular y la que se recita en casi todos 
los hogares japoneses a los niños y jóvenes es esta: 
Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una 
de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa 
que tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino 
y la mandó traer ante su presencia.
Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara 
el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y 
lo llevara ante la que sería su esposa; 
la bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo.
Esta búsqueda los llevo hasta un mercado en donde 
una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. 
Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella 
y la invitó a ponerse de pie e hizo que el joven emperador 
se acercara y le dijo: “Aquí termina tu hilo”, pero al escuchar esto, 
el emperador enfureció creyendo que era una burla de la bruja.
Empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña hija en los brazos 
y la hizo caer haciendo que la bebé se hiciera una gran herida 
en la frente. Luego ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja 
y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador 
debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor fuera que 
desposara a la hija de un general muy poderoso.
El emperador aceptó esta decisión y comenzaron todos 
los preparativos para esperar a quien sería después 
la elegida como esposa del gran emperador. 
Llegó el día de la boda, pero sobre todo había llegado 
el momento de ver por primera vez la cara de su esposa.

Ella entró al templo con un hermoso vestido y un velo 
que la cubría totalmente su rostro. Al levantarle el velo 
vio por primera vez que este hermoso rostro tenía una cicatriz 
muy peculiar en la frente. Era la cicatriz que él mismo 
había provocado al rechazar su propio destino años antes. 
Un destino que la bruja lo había puesto frente suyo y 
que decidió descreer.

La enseñanza de la leyenda del hilo rojo según la tradición japonesa 
tiene que ver con la comprensión del destino y el papel 
preponderante que juega el amor en este hilo. 
Muestra claramente cómo los amores destinados son eso, 
no podemos escapar de la persona que nació para amarnos.
Nunca se podrá romper

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados 
a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. 
El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper”. 
La milenaria leyenda oriental intenta echarle un poco de luz al misterio de las almas gemelas.


La antigua cultura japonesa contempla la idea de que 
el futuro de cada una de las personas está predestinado 
desde el momento en que inicia su camino. 
Explicación que toma fuerza con el dogma de que todo 
ser humano está “atado” al destino de alguien por 
medio de un intangible hilo color rojo que se encuentra 
amarrado al dedo meñique. Entonces, todos están predestinados 
a conocer a su otra mitad, la parte de la naranja restante, 
aquello que falta para que se complemente.

"Podemos entender al destino como algo programado 
para ser vivido y a la sincronía como una casualidad 
que nos lleva a conocer a esa persona que nació para amarnos. 
Ahí aparece también el libre albedrío. 
Pero el gran interrogante es si hay algo de eso o simplemente 
ya está todo escrito y guiado por ese hilo rojo", 
explica Monika Correia Nobre, astróloga y directora de Astroflor. 
Pero qué es lo que hace que dos personas se encuentren 
en el momento exacto y el lugar indicado, 
y también qué provoca la separación después.

Para la astróloga, parte de la historia del hilo rojo 
habla de una herida que nos queda en la frente, 
un lugar que desde lo simbólico nos dice que no vamos 
a poder olvidar ese amor herido. Siempre existirá un dolor 
por la pérdida del amor que no pudo ser. 
Lo cierto es que aquella persona que coincide 
con el otro extremo de su propio hilo, comprende sin dudar, 
que ese otro es la persona que estaba buscando.

Las sensaciones que pueden comprobar esa “buena elección” 
son la paz interior, la seguridad de sí mismos, 
la alegría más allá de la etapa del enamoramiento, 
el entendimiento casi por deducción a la otra persona 
y la conexión, aún sin compartir un mismo espacio físico. 
Ahora nos quedamos pensando… ¿estaremos con la persona 
que corresponde a nuestro hilo rojo?, si no es así 
¿la persona destinada para mi estará con una persona equivocada?, 
¿tengo que terminar mi relación para ponerme a buscar 
la punto de mi ovillo?, ó ¿espero que él me encuentre a mí?

Lo importante es quitar fantasmas de nuestra mente y 
aprender de cada relación hasta que demos con esa persona 
que se roba nuestra sonrisa o que comprende, 
sin hablar, nuestros deseos más profundos.







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